Cartas desde la locura

Una bestia anda suelta

Lenny Bruce. Foto: Especial.

Ramón Martínez de Velasco

@ramavelm

 

Murió como deben morir los poetas: mentando madres”: Efraín Huerta.

I

En agosto de 1966 se mató Lenny Bruce, a los 37 años de edad.
Un corresponsal de guerra. De guerra urbana. De guerrilla ideológica.
Un cronista de la vida gringa. De la vida gringa y de sus víctimas.
Un narrador que jamás ocupó una silla en cualquier empresa periodística. Por voluntad propia.
Porque allí muy pocos asumen el riesgo de no escribir como los demás. De no ser como los demás.
Son los geniales años 60. Es el club nocturno ‘Out Go Go’, del Greenwich Village neoyorquino.
Un refugio propicio para quienes buscan ponerse muy locos.
Muy noche, una silueta se dibuja entre las inmensas bolas de humo que se aglomeran en ése congal de quinta categoría.
Es Lenny. Sube al escenario con sus venas cargadas de heroína. Si le falta la heroína, lleva sus dosis de morfina.

II

Sus inicios como comediante fueron un rotundo fracaso. La gente se iba y lo dejaba hablando solo.
Los dueños de los burlesques también se hartaban y lo corrían.
Tantas patadas fueron radicalizando su fórmula.
Se quita la máscara. Muestra su pico afilado. Habla como habla: con un lenguaje altisonante. Estilo, que a la larga, le valió ser considerado el pionero del stand-up comedy.
Se olvida de bromear, de contar chistes e imitar personajes en el estrado.
Lleva algún periódico. Muestra la portada. O la noticia de ‘ocho columnas’. Les dedica largos monólogos.
Simulando ser un cronista de ‘Sociales’ se burla de los voceros del american dream. Demuele a martillazos a los reporteros, a los periodistas, a los columnistas, a los locutores.
Destroza a los ídolos de la prensa, de la radio y la televisión. “¿Quiénes son todos estos mierdas?”.
Una a una abre las páginas de los diarios más patriotas. Lee algunas notas informativas, o reportajes o entrevistas. Explica a su público que son ejemplos del hipócrita moralismo gubernamental. De la intolerancia de las autoridades, De su proclividad a la censura. De las desigualdades sociales. De su racismo. De las miserias humanas. Pero, sobre todo, de la imposibilidad de realizarte como ciudadano y como persona.
Pero lo que más le hizo ganar adeptos fue su defensa pública de los homeless, blancos o negros.
Su burlesque se atiborra. Su público es más numeroso cada noche-madrugada.
El respetable sale asqueado. No sólo por el alcohol y la droga que allí circulan. Sino del american dream.

III

Lenny Bruce es pionero en que la Policía asista a su stand-up comedy. Pero… para rodear su escenario. Dispuesta a chingarlo a la primera crítica al Presidente, o al establishment (como años después le sucedió al ‘rey lagarto’, Jim Morrison). Dispuesta a madrearlo si abría la tapadera.
Según agentes policiacos camuflados que asistieron a escuchar sus monólogos en 1964, “habría usado más de 100 palabras obscenas” y testificaron en su contra, acusándolo de hablar de sexo, religión y racismo.
Sus opiniones le acarrearon un torbellino de juicios civiles y penales.
Lenny los calificó de absurdos y desgastantes, sobre todo porque violaban la ‘Primera Enmienda’ de los Estados Unidos: la libertad de expresión.
Ya muy acosado por problemas financieros y legales, nuestro ‘paria’ agitador, bebedor y drogadicto, se suicidó con una sobredosis de morfina.

IV

Este ambientito no es de ayer.
No hace mucho Guillermo Descalzi, reportero de guerra, de profesión antropólogo, periodista-estrella de la cadena hispana Univisión, abandonaba sus labores y desaparecía días enteros. Mendigó en las calles varios años. Habitó en una ‘obra negra’ abandonada. Se untaba insecticida para que las ratas no lo devoraran.
Prefirió deambular en las calles que convertirse en una ficción de persona.

Epílogo

A mí, periodista, la crisis que me salvará será la última crisis.

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