Cartas desde la locura

Noticias desde donde no parecía haberlas

El tedio. (Edward Hopper). Imagen: Especial.

Ramón Martínez de Velasco

@ramavelm

“A las siete me levanto. A las nueve, el desencanto”: Alejandro Aura.

Aunque con veinte años de edad, ya es viejo. Apático. Pero ni decadente ni mediocre.

Se formó en colegios, bares, redacciones y manicomios.

Sobrevive en un departamento con las paredes pintadas de negro, con las persianas bajas, con las ventanas cerradas y con las cortinas siempre corridas.

Nada mejor que emborracharse con regularidad. Fumarse un delicioso spleen. Escuchar a Mozart. Fajarse a alguna mujerzuela. Ser un prófugo, sin menearse de la cama.

Pero hay que levantarse, maldita sea. Ir a trabajar. En la industria editorial, en este caso.

Como ‘escritor fantasma’, en este caso. Corrector, redactor, editor, traductor. “Cualquier función es buena si me permite vivir en segundo plano”.

Ir a almorzar, invisible. Volver tambaleándose. Envuelto en una nube de tabaco y alcohol. Con el hígado exhausto y con la respectiva dosis de inhalante para ‘hacer tierra’.

“Es un perdido. Pero cuando corrige, no perdona una maldita errata”.

Desde el anonimato, envía el texto ya corregido para su publicación. Si alguien lo lee, o no, sin pena ni gloria. De cualquier modo ni los manuscritos periodísticos ni las reseñas de escritores locales ni el mundillo literario son de confiar.

Entrar a las magníficas ciudades. A la muy propia crónica urbana. Escuchar la guitarra negra en el sórdido subterráneo. Retornar al Pensil, donde siempre es de noche. Arrojar las pocas monedas tras el derroche. Reducir las pertenencias al mínimo. Matar a la vida pública en el carrusel.

Most peculiar!

II

Su papá fue un dandy. Un distinguido caballero de sociedad. Un escritor de panfletos pornográficos. Bohemio, millonario, terrateniente, conspirador y medio macabro. Su primera mujer murió en un avionazo, en los inmensos jardines de su propia casa. En su recuerdo él siempre vistió de negro.

Su mamá fue una intelectual radical. Pedagoga.

Se casaron él de 36 y ella de 16. Y dedicaron sus cinco lustros de matrimonio a hacerse la vida de cuadritos.

El papá se pega un balazo tras desfigurarle con ácido sulfúrico el rostro a su mamá, de apenas 47. Ella salta al vacío tras varias reconstrucciones faciales, injertos y metamorfosis. La hermanita, azafata, se mata con una sobredosis de barbitúricos.

“Cuando se produjo el primer suicidio en mi familia una gran corriente de consuelos afluyó hacia mí. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en un océano vacilante. Después del tercero, las personas corren a cerrar la ventana si estamos a más de tres pisos”.

Él celebra las anomalías bebiendo sin parar. El vicio incondicional del lumpen.

Pero se siente mejor que nunca y no se olvida del borrador del texto que está corrigiendo.

Pero ya ni ve bien y la editorial le recorta el presupuesto. “Tarde o temprano yo también seré sólo un texto”.

Su única novia lo abandona y en la madrugada abre una ventana y se deja caer. Pero no llega el madrazo. Va a dar al balcón del segundo piso.

La genética suicida ha fallado. Pero Dios es grande y de un doceavo piso se arroja y regresa a las paredes de negro y las cortinas moradas.

Obra maestra. Aunque su estilo autoral ha pasado inadvertido.

Ésta es, también, mi biografía.

Most peculiar!

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