Cartas desde la locura

No toques la puerta. Estamos adentro

Buendía y Juárez. Mayo 31 de 1984.   

@ramavelm

Y Dios lo hizo morir durante cien años y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo tienes aquí?
-Un día. O parte de un día.

Ese miércoles había sido una jornada normal en la intensa vida del periodista Manuel Buendía.

Ese miércoles había sido una jornada normal en la intensa vida del periodista Javier Juárez Vázquez.

Pero ese 30 de mayo de 1984 los dos ingresaron al mundo de los periodistas caídos.

I

Ambos tenían un tema periodístico revelador. Documentado y explosivo.

Un tema que los fue llevando a su destino fatal. Hacia la guarida del cazador que ya los tenía ubicados por fotografías que le mostraron.

Su larga cadena de denuncias era conocida, sobre todo entre sus malquerientes. Pero aquel hallazgo periodístico era muy otro. Y aunque su idea era brincar hacia la denuncia formal, en el intento se quedó.

Javier Juárez habría estado en conocimiento de un campo de entrenamiento de la contrarrevolución nicaragüense en territorio veracruzano, destinada a tumbar a los Sandinistas que derrocaron al dictador Anastasio Somoza en 1979 (asesinado un año después) que, en su desesperación, se llevó entre las patas al periodista Pedro Joaquín Chamorro y avivó una guerra civil.

Javier Juárez también habría estado en conocimiento de que los mercenarios no sólo estaban financiados por políticos, empresarios, policías y narcos –de éste y del otro lado de la frontera–, sino “encubiertos por la Dirección Federal de Seguridad (DFS)” mexicana, dirigida por el siniestro burócrata José Antonio Zorrilla.

De ése hecho habría avisado al periodista más influyente de México: Manuel Buendía Tellezgirón, quien –a no dudar– normó su criterio sobre lo que escribiría y, tal vez, ocurriría, casi de modo inevitable, pues conocía a Zorrilla como a la palma de su mano.

Tan calculó, que “ejercía una sostenida vigilancia de su entorno para cerciorarse de que podía seguir su camino” (Miguel Ángel Granados Chapa). Cuantimás porque en esos días el columnista Jack Anderson publicó en el Washington Post que el entonces presidente, Miguel de la Madrid, habría depositado millones de dólares en un banco suizo, y no faltaron los conjurados que atribuyeron esa ‘filtración’ a Buendía.

II

Ese 30 de mayo Javier Juárez –director entonces del semanario Primera Plana-– fue visto por última vez en Coatzacoalcos, Veracruz. Su cadáver fue encontrado en Mapachapa, municipio de Minatitlán, entre la maleza, donde lo arrojaron como a un perro. Allí o cerca de allí lo tundieron a golpes, le quemaron la piel a cigarrazos, le ataron las manos y lo remataron con cuatro balazos.

De ése hecho ya no se enteró Buendía.

Ese 30 de mayo, en su despacho de la Ciudad de México, dio los toques finales a la columna que publicaría en Excélsior (el tema –como si fuera hoy–: una ‘empresa fantasma’ y un Plan de Austeridad). Fue invitado a comer y retornó a su oficina. En la tarde-noche salió con su ayudante (y exalumno en la UNAM).

Esa tarde-noche José Antonio Zorrilla ya le había ‘puesto cola’ al columnista y echó a andar la que llamó ‘Operación Noticia’. Se la encargó al agente de la DFS, Rafael Moro Ávila. “Tenía instrucciones de atacar por la espalda, pues se sabía de la costumbre de la víctima de portar pistola a la cintura y de sus aptitudes como buen tirador” (Miguel Ángel Granados Chapa).

Buendía se desplomó. Una poderosa ‘Browning’ 9 mm le perforó el pulmón. El agente asesino –mariguano, parrandero y jugador– huyó en una ‘Kawasaki’ roja hacia la esquina Insurgentes-Hamburgo. (En 1985 Zorrilla también le ‘puso cola’ a su compadre: el abogado José Luis Esqueda, quien –a no dudar– sabía demasiado sobre cómo, quién y cuándo).

Durante el sepelio, la viuda, Dolores Ábalos Lebrija, vio claramente la oscuridad. “¿Ya ves, Manuel? Te dije que te iban a matar”.

Terminado el funeral, se llevó a su cincuentón compañero al panteón ‘Jardines del Recuerdo’. No muy lejos de su domicilio.

Epílogo

Lo narrado se vincula con el juicio, en Nueva York, a Joaquín Guzmán Loera.

Lo lejano se acerca.

Y es en vano que toquen la puerta. Estamos adentro.

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