Cartas desde la locura

Mamacita ‘Miss Heroin’

Christiane Vera Felscherinow. Foto: Especial.

Ramón Martínez de Velasco

@ramavelm

El mundo, tal como es, no es soportable. Por eso necesito algo insensato. Que no sea de este mundo”: Albert Camus.

“La vida que he llevado no es la mejor vida, pero es mi vida”, ha dicho Christiane Vera Felscherinow, cuya imagen fue retomada –muy seguramente– por la preciosita Rooney Mara, para darle forma a ‘La chica del dragón tatuado’.

Christiane vagaba en la sucia y ruidosa estación de autobuses de la Bahnhof Zoo, a los trece años de edad, con otros chavales marcados por las drogas, el sexo, la falta de oportunidades y alternativas.

Es Berlín Occidental. Son los años 70. Las chavalitas callejeras observan a los viajeros y calculan el dinero que pueden sacarles por un rato de grata compañía y así poder comprar heroína, su droga habitual.

Ya han probado drogas más blandas, cual debe ser. Pero sólo pinchándose escapan del hastío citadino y cotidiano, que incluye familia y escuela, que sólo se rompía con el recurrente ingreso a las comisarías.

Buscó desintoxicarse, sin éxito, porque “quisieron inyectarme a Dios en vez de droga”, comentó Christiane a su biógrafa, Sonja Vukovic.

Sonja supo de esta ‘yonqui underground’ berlinesa frente al televisor. Durante una tarde de boca seca y ojos en órbita. Eran los años 90. “En Alemania se conoce la historia de Christiane. El mito que rodea a su figura era y sigue siendo algo muy extendido. Cuando terminaba mis prácticas en la Escuela de Periodismo recibí la tarea de documentarme sobre lo que pudiera ser una historia de investigación. Cuando descubrí dónde vivía ella, me presenté y llamé a su puerta”.

La libreta comenzó a llenarse de la historia de un hogar roto, prostitución temprana, ‘mono’ y jeringuillas en los lavabos del Bahnhof Zoo, de ‘yonquis’ adolescentes que la gente decente pensaba eran un mito urbano.

Una historia no tan distinta a la de muchos adolescentes europeos que comienzan a consumir heroína a los trece años de edad.

Con una diferencia. Al igual que el legendario William Burroughs, nuestra ‘heroin chic’ convirtió su adicción en su principal fuente de ingresos, lo que le permitió seguir costeándose sus dosis y sus agujas.

Con otra diferencia. No quiere ser una influencia para nadie. No quiere llevar a otros chavales a coquetear con las drogas.

Porque sabe que con ellos tiene otra gran diferencia. Ella puede interactuar con actores y escritores famosos del mismo modo que con el rebaño de miseria que vive en la calle, o con adictos a los opiáceos que vagabundean bajo los puentes. Porque no los juzga.

Ella sabe que se las puede arreglar para revolucionar su mundo en un segundo.

Por ahora, su revolución es actuar de tal modo que todos se olviden de ella.

La de Christiane Vera Felscherinow es también mi biografía.

Most peculiar!

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