Mujer de la sospecha

Los líos de faldas del sistema escolar

En la presentación del uniforme neutro para estudiantes de la Ciudad de México. Foto: Gobierno de la Ciudad de México.

Yezica Montero Juárez*

Recientemente el sistema educativo escolar se ha enfrentado ante el debate de la apariencia del alumnado y su relación con el aprendizaje. ¿Qué implicaciones pedagógicas tiene la relación de portar el cabello largo, corto, azul; o el utilizar faldas, pantalón o short con el proceso de aprendizaje de una persona?

Ante la polémica que se ha generado a raíz del anuncio del “uniforme neutro” en el gobierno de la CDMX; fue inevitable no remontarme a una experiencia que tuve en mi época preparatoriana. Hace cerca de 17 años, el Cobaq ya contaba con el uniforme neutro. Tanto hombres como mujeres portábamos camiseta tipo polo azul marino y pantalón gris. El gusto se derrumbó, cuando de repente, a las mujeres se nos avisó sobre el abandono del pantalón por una falda tipo escocesa. A todas luces me negué a dicho cambio, principalmente porque el pantalón me brindaba cierta libertad como el utilizar el transporte público con mayor comodidad, brincarme la barda para entrar a la escuela (ya que el prefecto no comprendía que se me hacía tarde por salir del trabajo corriendo), e incluso aspectos más íntimos como el no preocuparme por rasurarme los vellos de las piernas.

Pasando las semanas, el director del Colegio me mandó a llamar. Al preguntarme el porqué de mi negación a utilizar el uniforme con falda, le contesté que no encontraba ningún argumento válido entre la relación del uso de falda con mi proceso de aprendizaje. El director amablemente me contestó más o menos así: “Imagina que entra un asaltante a la escuela, y tú te encuentras aquí cerca de la dirección. El asaltante se acerca a un alumno o alumna, allá por las canchas. El uniforme nos dá la posibilidad de identificar si asaltó a una mujer o a un hombre.” Honestamente, no entendí su respuesta, sin embargo, el director fue tan amable de escuchar mis argumentos, dando frutos a la psicología inversa y decidí utilizar falda. Lo que tampoco entendió el director, fue que llegué con falda pero con tenis. El calzado escolar no era para nada cómodo, ni mucho menos representaba parte de mi personalidad. Hasta la fecha las alumnas del Cobaq siguen utilizando la falda de la discordia.

Cuando la Jefa de Gobierno de la CDMX, anuncia el “uniforme neutro”, las revueltas en redes sociales no se hicieron esperar. Las críticas se encaminaron hacia el género de los hombres. Las preocupaciones han sido en torno al uso de faldas en niños. ¿En qué momento se dijo que los hombres tendrían que usar obligatoriamente falda? ¿Y si la quieren usar, cuál es el problema?

Este debate estéril, fue motivo para que nuevamente, Sheinbaum, comunicara que la estrategia del uniforme neutro, surgió para beneficiar principalmente a las mujeres. Es decir, se debió focalizar el tema en que las mujeres ya tendrían la libertad de elegir falda o pantalón.

Las prendas que igualan a la colectividad han sido utilizadas para la identificación de tribus, linajes, reinos, etnias, militares, etcétera. El uso de uniformes escolares surgió a finales del siglo XIX, instrumentados en instituciones educativas católicas. Podría decirse que el uso del uniforme escolar tiene orígenes conservadores.

El cuerpo humano se considera un producto social, irrumpido por la cultura y las relaciones de poder (Pierre-Bourdieu). En este caso, qué función cumple el uniforme escolar. Si ya no estamos en el siglo XIX donde el uniforme respondía más para ocultar la sexualización corporal, principalmente de la mujer, que por cuestiones pedagógicas. El día de hoy estaríamos hablando de ¿un sentido de identidad colectiva?, ¿de una preparación hacia la vida laboral “adulta”, donde las apariencias siguen teniendo mayor peso que el conocimiento?, ¿o de una homogeneización forzada, para seguir en el camino de la enajenación del ser humano y portar con orgullo el uniforme de Walmart?

*Antropóloga social.

Correo electrónico: monteroyezica@gmail.com

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