Cartas desde la locura

La hembra del Cóndor

Mariana Callejas. Te observo, estés donde estés. Foto: Especial.

@ramavelm

Y aunque la muerte gane la partida, todo es un alegre campo de batalla”: Rafael Alberti.

El carro en que viajaban el general Carlos Prats -excomandante en jefe del Ejército de Chile- y su esposa, Sofía Cuthbert, voló justo en la calle Malabia de la ciudad de Buenos Aires.

El explosivo fue detonado a control remoto, según instrucción de la ‘Operación Cóndor’, echada a andar un año después del golpe de Estado de 1973 en contra del presidente Salvador Allende, la primera y más temeraria acción del milico Augusto Pinochet.

Otro bombazo se perpetró en el barrio diplomático de la ciudad de Washington, en contra del excanciller Orlando Letelier, incansable activista por el retorno de la democracia a Chile. Su carro también voló, justo cuando se dirigía a corregir un artículo que quería publicar en The New York Times, seguramente para denunciar la persecución pinochetista que ya sentía en los talones.

El comando enviado desde Chile también formaba parte de la ‘Operación Cóndor’, algo así como el ‘Santo Grial’ del terrorismo. Un guión de atentados y operaciones coordinadas para perseguir, torturar, secuestrar y eliminar opositores, estuvieran donde estuvieran (muchos de los cuales fueron arrojados vivos al Atlántico, desde un avión militar).

En las filas de la siniestra policía secreta pinochetista estaba registrada la escritora Mariana Callejas, cuyo taller literario era una fachada para ‘orejear’ a intelectuales y periodistas.

Ella apretó el botón que hizo volar a Carlos Prats y a su mujer.

Para otro tipo de operativos cambió su nombre por el de Ana Luisa Pizarro, tierna madre de cinco hijos, artista sensible, romántica, dueña de una amplia casa de cinco pisos en ‘Lo Curro’, donde arriba ofrecía sus tertulias literarias y en el subterráneo los sicarios de Pinochet aplicaban la picana a maestros y estudiantes ‘izquierdistas’.

“Concurridas y chorreadas de whisky eran las fiestas en la casa de ‘Lo Curro’. Se escuchaba la música por las ventanas abiertas, se leía a Proust y Faulkner con devoción, en torno a la Callejas. Una diva escritora con un pasado antimarxista. Una mujer de gestos controlados y mirada metálica que, vestida de negro, fascinaba por su temple marcial y la encantadora mueca de sus críticas literarias. Una señora bien. Una promesa de las letras nacionales, publicada hasta en la revista contestataria La Bicicleta y alabada por la elite artística que frecuentaba sus salones” (Pedro Lemebel).

Aquella desenvuelta clase cultural no creía en los relatos de cadáveres y desaparecidos. Prefirió no mirar, no saber, no leer lo que ya se filtraba en alguna prensa extranjera: que la Callejas guardaba cuerpos retorcidos en el closet y que su casa era una fosa donde, además, se experimentaba -en ratas y conejos- el mortífero líquido ‘Sarín’, un veneno utilizado como arma química de destrucción masiva (cuyo productor en Chile fue asesinado en Uruguay, donde el ‘Cóndor’ le puso el ojo al cantautor Alfredo Zitarrosa).

Y si los intelectuales rumoraban, Mariana se justificaba explicándoles que “en este país tan culto, de escritores y poetas, no ocurren esas cosas. Pura literatura tremendista. Pura propaganda marxista”.

Al final, su condición de exterminadora se impuso sobre su silencio necrófilo, sellado con lápiz en boca. Sobre su ‘toque de queda’ doméstico. Sobre sus amenazas telefónicas y misivas de luto. Sobre la tinta y el yodo.

La Callejas no pisó la cárcel.

En el rincón de una casa de retiro escuchó, indiferente, canciones de protesta.

Pura cursilería cultural.

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