Cartas desde la locura

Canción de tumba

españoles exiliados
Los restos de Catalina Muñoz Arranz. Foto: Especial.
Foto: Especial.

Ramón Martínez de Velasco

@ramavelm

“No tengo miedo de las profundidades. Debo ser una sirena”: Anaïs Nin.

Antes de 1936 todos los españoles vivían en España. A partir de 1939 miles fueron enterrados y cientos de miles viven desterrados. 

Catalina Muñoz Arranz fue rociada con cal viva y enterrada sin ataúd en el lacrimoso cementerio municipal de Palencia, que en 1981 fue convertido en el parque de La Carcavilla.

Desde entonces Catalina quedó bajo los columpios del área infantil.

En el año 2011 fue exhumada junto con 495 españoles más, que fueron fusilados en los años 30.

Un equipo de voluntarios excavó la fosa común donde fueron amontonadas las víctimas de la Guerra Civil en la provincia de Palencia.

Cuando Catalina Muñoz Arranz volvió a ver la luz, a su esqueleto acompañaba una sonajita rosa y amarillo ‘chillón’, con forma de flor y un característico olor a alcanfor, muy empleado para fabricar objetos cotidianos.

Para los voluntarios, el juguete es el objeto más conmovedor hallado en una de las más de 700 fosas exhumadas en España.

Catalina Muñoz Arranz, de 37 años de edad y con cuatro hijos, lo llevaba consigo cuando la persiguieron, la juzgaron y asesinaron.

Vale suponer que lo acababa de comprar para su bebé, de apenas nueve meses.

Aquel bebé es hoy un octogenario, casado y con una hija, que no recuerda nada de su mamá y ni fotografía tiene de ella.

A ella la buscaron los milicos en la provincia de Palencia por el hecho de ir a visitar a su marido a la mazmorra, acusado de orillar a un fascista en mayo de 1936.

Salió de casa corriendo con el niño en brazos y cayó en el patio trasero de una casa. Dos vecinas la delataron y la Guardia Civil del energúmeno Francisco Franco fue a agarrarla.

Su hija Lucía, hoy nonagenaria, sí recuerda que Catalina Muñoz Arranz siempre usaba un gastado delantal de color negro.

Vale suponer que ése mandil llevaba cuando huía y que en el bolsillo guardaba la sonajita rosa y amarillo ‘chillón’, con forma de flor.

Un Consejo de Guerra la juzgó. Y aunque no sabía ni leer ni escribir, los hijos de perra le hicieron firmar su condena a la pena máxima “por rebelión”.

A las 5:30 horas del 5 de septiembre de 1936 dos proyectiles impactaron en su cráneo y en su pecho.

Catalina Muñoz Arranz fue rociada con cal viva y enterrada sin ataúd.

Martín, hoy octogenario, ha visto por vez primera vez la foto de su juguete (ver imagen) en la fosa común donde yacía su mamá.

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